colegio tarbutComparto un escrito que presenté para un trabajo práctico en la carrera docente de Sociología (Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Materia: DIDACTICA, Prof: Silvia Paley, TP N° 2: Evocaciones, 24-09-06).

La primera imagen que aparece al recordarme en la escuela primaria, es la de los carritos blancos que nos esperaban alineados a la salida del colegio, en los que compraba las mielcitas y el naranju.

Luego me veo, temprano a la mañana, durante el religioso saludo a la bandera cantando Aurora, con devoción sin alterar ni por un segundo mi postura “bien derechita”.

Añoro aquel recreo largo después del almuerzo, ideal para recorrer, charlando con mis amigas e imaginando historias de amor, los amplios parques del colegio, visitar el árbol de paltas y tal vez comprar alguna golosina en el kiosco.  ¡Qué ganas de volver a jugar al quemado y de saltar al elástico! ¡Como me gustaría tener  otra vez hora libre para que juguemos con los varones a verdad consecuencia o aprovechar para dibujar el pizarrón!

Me doy cuenta de que me gustaba ir al colegio, a pesar de tener que levantarme a las 6 y media de la mañana y viajar casi una hora en micro para llegar hasta Olivos. Era un lugar especial, privilegiado, con tres canchas para hacer deporte, pileta de natación, un gran espacio verde  y tres construcciones: una para prescolar y primaria hasta 4° grado –el  jardín estaba en otro predio a 20 cuadras-, otra parte para los grados superiores y otra construcción para el secundario y el comedor.

También estaban las normas inquebrantables, no tanto las disciplinarias, sino las que eran producto del miedo que reinaba en la época, sobre todo entre los grupos acomodados: la prohibición de ir al baño de a uno  – “te pueden secuestrar” como a Cintia W. de 5°B a quien se llevaron poco antes del golpe militar del 76-, ni levantar nada del piso -“puede ser una bomba”-.

Las directoras y los maestros

Los referentes de la elogiada calidad educativa del Tarbut eran sus directoras: Ms. May,  de inglés; Diana Casabé,  de hebreo y la otra, la de castellano, no me acuerdo su nombre, pero era igualmente respetada, admirada y –solo un poco- temida. Las tres, siempre tan elegantes y también tan afectuosas, eran el tribunal de justicia: a ellas recurríamos los alumnos–espontáneamente o porque nos sancionaban – para dialogar sobre los conflictos entre nosotros o con los maestros.

Me acuerdo cuando en  5° grado decidimos echar al maestro. Era buenísimo, pero creo que, según nuestro criterio infanto-estudiantil, se excedió alguna vez con el castigo y en lugar de soportar sumisamente su intento probablemente deseperado por demostrar autoridad, “lo despedimos”, porque “mi papá te paga para que me enseñes”. Obviamente , en honor al sentido común, no lo despidieron, pero sí , tuvo que someterse a una larga interpelación en la dirección, mientras nosotros , con hora libre tratábamos de espiar por las ventanas  segurísimos de que nos darían la razón.

Casi no recuerdo cómo eran mis maestros  pero conservo imágenes difusas de algunos pocos, por lo que me dejaron como enseñanza. La  de expresión corporal, materia que lamentablemente solo hubo hasta primer grado, que me enseñó a encorvar la espalda como un gato enojado y estirarla como un gato contento, ejercicio que hasta hoy me salva cuando estoy tensionada. La Luba, una rumana sargentona, que hablaba con acento y que nos gustaba imitar, enseñaba plástica  y nos transmitió la técnica de tejer portamacetas y bolsos con macramé. El moré Arón, que una clase en lugar de enseñar hebreo, nos habló sobre educación sexual, causando que madre se escandalizara y fuera a quejarse a las directoras, provocando mi vergüenza ante todos mis compañeros.  Y María del  Valle Ledesma que, además de ser mi maestra en 6°, guiaba una materia optativa, taller literario – en la que solo nos anotamos Elisa Pulver, la traga y yo- y me estimuló como nadie a desarrollar la redacción y la imaginación. Recuerdo que María era muy seria y callada, poco carismática, pero exigente y valorada por todos.

Un mundo feliz con valores para recuperar

Mi escuela primaria fue un mundo ideal. Aunque durante muchos años renegué de haber tenido tan irreal privilegio, tan distinto a lo que es la vida de la mayoría de las personas, y de lo que obviamente fue mi propia vida al salir de allí, hoy rescato ese proyecto. Lo valoro y me permito apelar a que no sea un privilegio de pocos. Quisiera que lográsemos construir una sociedad en la que fuese posible obtener estos mismos recursos como derechos en la escuela pública: contar con un espacio edilicio como el imaginado por los primeros didactas, donde haya lugar para desarrollar el intelecto y también el cuerpo, donde se pueda aprender lo que hay que saber y también lo que los chicos tienen ganas de saber. Una institución donde los maestros puedan ejercer su propio estilo, su apostolado o su profesionalismo –según las categorías de Estanislao Antelo- y donde su malestar, su consternación, su “Nadie me preparó para esto”, tenga más que ver con alumnos irreverentes a los que haya que “bajar a la realidad”, antes que con la violencia y el resentimiento producto de la marginación y de la imposibilidad de vislumbrar un porvenir, una vida con sentido.  Cuando sea docente me saldré- como el moré Aron- del programa establecido para poder enseñar a los alumnos aquello que en momentos determinados de su crecimiento expresen que necesitan para crecer como personas, sea educación sexual, defensa de sus derechos o desarrollo de las habilidades y saberes que requieran para conducir sus vidas.  Estaría lo más atenta posible no sólo a la transmisión sino también a la apropiación por parte de los estudiantes de los conocimientos para que los conviertan en saberes, como enfatiza Carla cuando habla de docentes y de viajeros.

Dice Alicia Camilioni : “Cuando el didacta se plantea la problemática de la enseñanza como tarea a realizar debe encararla como un trabajo de intervención social”. Y, más allá de si nuestra visión es optimista o reduccionista – yo corregiría: reproductivista, en el sentido Althusseriano-  nos recuerda que la escuela es una institución fundamental en la construcción de una sociedad.

Con un ideal de escuela y de personas que se forman con esperanza, ejerceré mi rol docente, más allá de los obstáculos que existan en las instituciones, en la docencia, y en nuestra sociedad hoy.

Y, ¿por qué no?, con un sueño, como el que cantan los chicos-actores de Derechos Torcidos, el musical de Hugo Midón:

La escuela puede ser un lugar donde todo lo puedo encontrar

Si me dejan buscar.

La escuela puede ser una puerta abierta

De par en par

Una fuente para calmar la sed,

Un espacio libre para imaginar el porvenir.

Pasen, pasen, que ya comienzan las clases.

Pasen, pasen, que ya comienzan las clases.

No, no puede ser solo un lugar para aprender a resolver

Cuatro más cuatro y tres por tres.

No, no puede ser una pared y nada más.

La escuela puede ser un buen lugar para soñar.

La escuela puede ser un lugar donde todo lo puedo encontrar

Si me dejan buscar.

Y puede ser un  largo viaje de placer,

Una aventura,

Un buen lugar para crecer,

Un espacio libre para imaginar el porvenir.

Pasen, pasen que ya comienzan las clases

Pasen, pasen que ya comienzan las clases.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s