merienda
Una merienda tentadora. Unico modo de ver a tu hijo adolescente al menos una vez al día.

Desde que empezó el año escolar mi hijo mayor asumió una rutina agotadora. D. ya  tiene 15 y está en cuarto año de una escuela que exige 6 años de cursada. No es un caso especial, es un detalle técnico nomás (en una escuela común estaría haciendo el tercer año como corresponde a su edad).

Lo que me preocupa mucho es lo poco que nos vemos, lo casi nada que está en casa, hay días en que sale a las 7.30 y vuelve a las 22 y  no lo vi en todo el día, a veces incluso estoy tan metida en mis cosas o en los asuntos de sus hermanos que ni le mando un watsapp. Dos veces por semana logramos establecer la rutina de que venga a merendar a casa, con tres, cuatro a veces cinco amigos. Y está buenísimo. No es que conversemos mucho, porque hablan entre ellos, o ponen futbol, o se la pasan con el telefonito twiteando, snapchateando, mensajeando, organizando, intercomunicándose entre ellos en esa gran masa neuronal que los convierte “Todos” en un único ser. ¿Ya les tocó escuchar su argumento preferido?: “¡Mamá por qué no me dejás ir a lugar-equis-que-probablemente-no-sea-apto-para-chicos-de-su-edad si van Todos!”. ¿Ya se sintieron unas brujas, madrastras malvadas, viejas que no saben nada de esta época, castradoras, autoritarias, débiles, desubicadas, lo peor de lo peor para un hijo adolescente?

Yo lo estoy padeciendo, pese a que siempre pensé que iba a ser la mejor madre, compañera, confidente, copada, la que conocía su lenguaje, la que nunca iba a escuchar como toda respuesta un monosílabo. Parece que es ley. Y lo que más me cuesta aguantarme es el hecho de que este año ya ni siquiera me necesita con el estudio. Mi área. No me pregunta ni de lengua,  ni de sociales, ni de todas esas materias sobre las que me considero experta.

Te voy a dejar pilla (un traductor ahí), me respondió la última vez que le pregunté cómo le estaba yendo, que si no tenía que sentarse a estudiar un poco más. Corrijo, un poco, el más está de más. Veremos, soy optimista.

Todo esto me confronta con mi propia historia como adolescente. Recuerdo que no fue una época fácil.

Si mis padres hubiesen sido un poco más estrictos conmigo tal vez me hubiese equivocado menos. O por lo menos podría haberlos desafiado sin culpa, me hubiese abierto camino en la vida más rápidamente, hubiese sido más viva. Pero no. Yo no tuve hermanos y me convertí en una adolescente tardía. No aprendí a luchar para alcanzar una meta. Tengo poquísima tolerancia a la frustración. Poca capacidad para esperar que las cosas caigan por su propio peso. Me costó encontrar mi vocación, darme cuenta de para qué era buena, entender que en el mundo no era única, que a veces simplemente era una más. No aprendí una herramienta fundamental para la vida: la paciencia.

Tuvieron que morirse para que finalmente me asumiera como adulta, aunque se fueron de mi vida a mis 39 y cuarenta, tuvieron la gentileza de esperar a que me casara, es decir no me dejaron totalmente sola y desprotegida, me dejaron con un marido. Su gran preocupación era verme casada, los títulos, los logros profesionales no representaban mucho para ellos, aunque los llenaba de orgullo, sólo pudieron sentir que cumplieron su misión como padres cuando me casé.

¿Y yo cuando voy a sentir que cumplí con mis tres hijos? Es fácil posponer esta pregunta mientras ellos son chiquitos. Mientras están en el jardín y la primaria todavía les alcanza con nuestras muestras de cariño. Ellos, a la vuelta del cole, lo que más quieren es estar con sus papás. La wii, la tele, la tablet, las actividades extraescolares, los cumpleaños, nada de eso se compara para ellos a cocinar una torta con la mamá, jugar con los autos o las muñecas, leer juntos un cuento o revisar las tareas de la escuela.

Si no me creen, solo tienen que probar. Una vez un líder espiritual dijo que los chicos que piden todo el tiempo juguetes nuevos y golosinas, lo que en verdad están pidiendo es más Dios. Tomemos Dios como sinónimo de espiritualidad, amor, tiempo, compañía, escucha, interés, ejercicio práctico de mater-paternidad y encontraremos la respuesta.

No sé si funcionará en el caso de los adolescentes, me parece que no y tendría que volver a ese líder consejero a preguntarle qué darles a los adolescentes que lo único que piden es privacidad y libertad.

No sé si habrá una respuesta tan sencilla esta vez.

 

 

 

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