escuela abierta
“Escuela siempre abierta” – Ilustración para escuela primaria Gral. Francisco Villa en México, de Yaolli Quiáhuitl

Y… sí. Nos guste o no, en términos empíricos lo es.

¿Debería serlo? Ahí está el debate. ¿Debe la escuela resolver cuestiones de organización familiar, cobijando a los niños para que los padres y sus familias puedan organizar sus tiempos de trabajo, estudio, atención médica, esparcimiento?

Muchas instituciones responden con un No absoluto, hay docentes que se sienten irritados, otros saben que es inevitable y hacen todo lo que pueden por facilitar la vida de los alumnos y sus familias.

Esto es algo que nadie duda, ni se atrevería a cuestionar en las escuelas rurales, en las escuelas de los barrios desprotegidos, adonde a veces la inclusión social, la protección e incluso la alimentación es prácticamente el rol primario que asume la escuela mucho más importante que la transmisión de contenidos educativos.

Sobre esto hay un libro muy interesante y si bien está redactado en términos académicos, es bastante ameno para leer y comprender cómo se da esta extensión de las funciones de la escuela en la vida de los alumnos. Es La escuela como frontera, una investigación de Silvia Duschatzky acerca de la experiencia escolar de jóvenes de sectores populares. No se trata de un trabajo estrictamente sobre el funcionamiento de la escuela sino de una elaboración sobre las relaciones simbólicas que se establecen entre los sujetos y las instituciones. Con esté propósito, la autora releva la experiencia escolar de grupos de jóvenes que asisten a dos escuelas medias del conurbano bonaerense -una de diseño institucional excluyente y otra de perfil integrador-, que comparten un mismo contexto de pobreza y exclusión. Es en este mundo de fragilidad institucional y penuria de sentido donde los jóvenes están cimentando sus sistemas de identidad social y construyen los significados de su tránsito escolar.
El concepto de ‘frontera’ que ensaya la autora pone en tensión la vigencia de los valores simbólicos y políticos de la escuela de tradición sarmientina y evidencia la nueva trama de significaciones que construyen los sectores juveniles rezagados de nuestra sociedad alrededor del acceso a la escolarización como situación de privilegio, de posibilidad, no de ascenso social, pero sí de protección frente al afuera vulnerable.

En el día a día de estas instituciones, sus docentes conocen esta realidad y la respetan, desarrollan estrategias de supervivencia y de permanencia para defender junto a estos jóvenes el espacio escolar conquistado.

En cambio, en los sectores más privilegiados, los del ámbito privado, donde las escuelas responden a una lógica de servicio al consumidor esta cuestión está desatendida. Ciertamente las necesidades de sus alumnos no son las mismas que la de los sectores más vulnerables, pero inmersos como estamos todos, incluso la clase media en una coyuntura de incertidumbre económica y laboral, pareciera que es un atrevimiento de los padres que quieren desentenderse de sus hijos, pretender que la escuela los cobije, los albergue, que les de un medicamento o que contemple una demora en el horario de salida.

A veces, sencillamente no es que las familias no quieran ocuparse de la escuela de sus hijos. No pueden. Llegar a fin de mes, defender un trabajo, conseguir clientes, es una necesidad ineludible.

Esto nos lleva a otra cuestión complicada: la agenda de actividades participativas. Imposible de cumplir cuando hay dos padres que cumplen horario laboral, menos si tienen más de dos hijos.

Esto en definitiva alude a una cuestión no menor. ¿Como funciona la dinámica familia-alumno- escuela? Quién se adapta a quién. Se establecen acuerdos, hay espacio para el diálogo, o son imposiciones. Cuanto de flexibles son las normas y los reglamentos. ¿Ayuda que los haya, que sean explícitos?

¿Quién debe ceder primero en esa tirantez que se da cuando la familia no puede participar de las actividades propuestas por la escuela, cuando no tenés tiempo para revisar los cuadernos de tus hijos, cuando estás tan sobrecargada de obligaciones y responsabilidades que  un horario de 8.45 a 11.45 para que tu hijo esté en la escuela te resulta insuficiente?

Me gusta acompañar a mis hijos al colegio. Disfruto hacerlo. Pero no siempre, a veces tengo otros compromisos que privilegiar. El trabajo, por ejemplo, aunque felizmente armé un esquema laboral de trabajo independiente en el que me las puedo ingeniar para estar presente en buena medida en la vida escolar de los tres. No todos los padres y madres pueden hacerlo, no todos contamos con ayuda familiar como abuelos o tíos o personal dedicado a ayudarnos en el cuidado de los chicos.

Veremos cómo viene este año en ese sentido.

Mientras tanto voy ensayando respuestas para situaciones difíciles: Vamos viendo. Hacemos lo que podemos.

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